Siempre he dependido de la amabilidad de los extraños

Pasillo de un supermercado con estanterías
Pasillo de un supermercado con estanterías

Bien podría apropiarme de la mítica frase que pronuncia Blanche al final de Un tranvía llamado Deseo. Pero a diferencia de su malograda protagonista, mis palabras no son extraídas de una obra de Tennessee Williams, sino de una realidad cotidiana.

     Cuando algo no te ha faltado nunca, no puedes valorar en su justa medida lo que supone su ausencia: me refiero a la autonomía de funcionamiento, que no la de pensamiento, si cabe, bastante más difícil de conseguir.

     Nadie es capaz de hacerlo todo, en todas partes y a todas horas; todo el mundo es en cierta medida dependiente y necesita alguna vez la ayuda de los demás. Sin embargo, para algunas personas, eso de apelar a la amabilidad y solidaridad ajenas se convierte en poco menos que una obligación para poder hacer según qué cosas. A menos que tengas Asistencia Personal ¡Ops! ¿eso qué es? ¿la asistenta, la cuidadora, la niñera, mamaíta…? NEGATIVO.

     Para explicar qué es la Asistencia Personal voy a poner un ejemplo, básicamente porque me da la gana, y porque creo que así se entenderá mejor.

     Resulta que mi santa madre me trajo a este mundo, además de hecha añicos por aquello del cristal, cabezona y mu joía; o como yo prefiero, con un espíritu libre, que queda más guay. Libre e irreverente, porque eso de querer ir por la vida como cualquier otro ser humano estando “discapacitá perdía” mmmm. No está bonito.

Bonito o no, lo cierto es que ese espíritu siempre estuvo ahí; empezó tempranamente a manifestarse, y cristalizó cuando me instalé en mi piso para vivir lejos (pero no mucho) de los algodones paternofiliales. Y ahora viene el ejemplo.

De todas las tareas domésticas, hacer la compra al principio me provocaba mucha ansiedad (tanto que una noche soñé que la Pantoja me iba al Mercadona…); ansiedad que se fue diluyendo ante la necesidad, y el deseo, de hacerlo yo, pues aunque mi familia insistía en librarme de esa tarea, quise ser consecuente y asumir lo que mi decisión de vivir de forma independiente implicaba.

Mi problema con la compra era tener que pedir ayuda, pues además de ir en silla de ruedas, mi metro con 20 centímetros dan para lo justo, y por mucho que me estire, no llego a la mayoría de las cosas. A este cuerpo mío, hay que añadir que soy extremadamente tímida, y en esa época acercarme a alguien y decirle que me cogiera las compresas, pues… Algunos días me iba del supermercado sin algún artículo que necesitaba por no pedir ayuda.

Esa situación duró poco, y desde entonces he comprado en el super a mí manera (como diría aquel): solicitando ayuda, ya sea al propio personal del establecimiento o a quien pase por mi vera con su carro en el momento justo, cosa que no siempre ocurría y varias veces me tuve que plantar en mitad del pasillo de las galletas a la espera de que algún paisano asomara por allí.

He de decir que en el 99,9% de las ocasiones, ha habido un ser humano dispuesto a ayudar, pero depender de la disponibilidad y voluntariedad del prójimo ha dado lugar a algún que otro momento “particular”, por no decir surrealista; y como tal podría considerarse lo que me sucedió una vez con un cliente; he aquí la conversación:

  • Perdone caballero (soy muy educadita), ¿podría ayudarme?
  • No, no quiero nada…
  • No, si lo que estoy es pidiéndole ayuda para que me acerque ese … (no me dejó terminar la frase).
  • Que no, que no te voy a comprar cupones ni nada… no molestes…

Para no parecer soez, guardo para mí lo que murmuré cuando el buen señor se alejaba…

Se conoce que para algunas personas es inconcebible que alguien en silla de ruedas esté en un supermercado, no para vender cupones, sino para hacer la compra como todo hijo de vecino… Momentos así no me traumatizan ni me condicionan, de hecho, la mayoría me hacen gracia; pero hay días y días, y a veces, que te falten al respeto de esa manera molesta, pues necesitar del prójimo no significa que una tenga la carcasa resbaladiza de serie.

Desde hace 3 años cuento con Asistencia Personal; ya no tengo que depender de la amabilidad de los extraños, y lo que es más importante, aguantar mamarrachadas como la descrita. Sigo haciendo la compra, a mi manera, tomando las decisiones, pero con los apoyos necesarios: voy por los pasillos lista en mano buscando los productos, y el que está fuera de mi alcance, lo cojo con las manos de mi asistente personal. Y como eso, todo lo demás. Sin depender de nadie que no sea yo misma, sin pasar malos ratos, solo yo, con el apoyo instrumental de mi asistente personal.

Eu

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