Asistencia personal: las alas que me permiten volar

Dani observando un detalle en la Alcazaba
Dani observando un detalle en la Alcazaba

Soy Dani, un chico de 21 años con autismo. Aunque no sé leer ni escribir, quiero contar mi historia con la asistencia personal.

El primer asistente personal apareció en mi vida cuando tenía 8 años. Yo no sabía muy bien quién era esa persona que de pronto, cada día, estaba con nosotros en la familia. Sí me daba cuenta de que empecé a hacer cosas sin la presencia de mis padres. Cuando íbamos a la piscina, ya no era ninguno de ellos quien venía conmigo al vestuario. Me acompañaba él, y me daba las instrucciones necesarias para poder cambiarme y ponerme el bañador y al terminar ducharme y vestirme.

En muy poco tiempo aprendí a ducharme con instrucciones, aunque siempre prefería que me ducharan porque soy un poco perezoso. Con mi madre lo conseguía, porque tengo una hermana más pequeña, y me di cuenta de que si no le hacía caso y tardaba mucho tiempo, mi madre me ducharía para poder atender a mi hermana. Sin embargo, al asistente personal le daba igual cuánto tiempo tardara, que él esperaba hasta que lo hiciera yo. A día de hoy, aunque necesito instrucciones porque soy muy despistado, me encanta ducharme solo.

Otra cosa que noté enseguida, fue en los cumpleaños de mis compañeros. Mis padres me dejaban en el parque de bolas y se iban como hacían los demás padres. El asistente personal se quedaba conmigo, y empecé a pasármelo mejor en las celebraciones, porque a mis compis les parecía muy guay tener un asistente personal y me ayudaba a relacionarme.

Muchas tardes me ayudaba con los deberes y las tareas que mandaban mis terapeutas. Y, siendo sincero, me esforzaba más si lo hacía con él que con mi madre.

Conforme iba creciendo, eran más las cosas que hacíamos juntos. Empecé a encargarme de pequeñas compras, usábamos el autobús público, y me acompañaba en todo mi ocio.

Ahora, con 21 años son muchas las cosas que hago con su apoyo. Me preparo mi merienda, hago mi cama y arreglo mi cuarto cada día, sé doblar mi ropa, nos vamos a tomar café a algún bar, que es una de las cosas que más me gustan, comen conmigo cuando mis padres trabajan, son quienes me acompañan a “Anendo”, y me apoyan en todo aquello que quiero hacer o que ayuda a mi autonomía.

Mis asistentes personales nunca deciden por mí. Tengo muchos problemas de comunicación, pero ellos siempre me dan alternativas y me preguntan qué quiero o no quiero hacer. Me muestran opciones y siempre elijo yo. Tener asistente personal no quiere decir que tengo al lado a alguien que me cuida, que también, porque a veces a mí me cuesta cuidarme, sino que sobretodo me ayudan a aprender a elegir.

Una de las cosas que más me gusta de tener asistentes personales es que no tengo que estar siempre con mis padres. Y creo que para mis padres ha sido muy bueno no tener que estar siempre conmigo, porque han podido tener tiempo para dedicárselo a mi hermana y para hacer las cosas que a ellos les gusta.

La asistencia personal para mí ha sido un proceso que he tenido que interiorizar a lo largo de los años. Me ha costado llegar a comprender que soy yo quien decido cuándo quiero asistencia personal y cuándo no. Aprender que ese es mi apoyo, y que es sólo mío, por lo que yo soy quien decido. Hace un año, de pronto, un día pedí que prefería estar solo viendo ya la tele relajado, y le dije a la AP que se fuera … y se fue!! Otros días me apetece que estén un poco más y lo hago saber a mi manera, y se quedan. A día de hoy, yo elijo si quiero que estén o no, aunque me hace tanto bien que siempre estoy deseando que lleguen porque significan mi “libertad”.

                                                                                          Autora: Mariola Rueda

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